¿A qué huelen tus recuerdos?

Hay aromas que no son solo aromas. Son personas. Son lugares. Son versiones de ti que ya no existen.

Créditos: Getty Images

Los perfumes activan nuestro sistema límbico, esa parte del cerebro donde viven las emociones y los recuerdos. Dicho de forma simple: un aroma no solo se huele, se siente.

Puede darte placer, alegría, calma… o incluso nostalgia. Por eso, si estás leyendo esto, probablemente es que los perfumes ya tienen un lugar en tu vida. Aunque sea por algo básico: te hacen sentir bien.

Pero hay momentos en que dejan de ser solo eso. Hay aromas que dejan de ser perfumes. Se convierten en recuerdos.

El perfume de alguien especial que ya no está. Ese que quedó impregnado en su ropa, en su espacio, en tu memoria.

Créditos: Getty Images

A veces incluso evitamos usarlo o tocarlo, como si al hacerlo se fuera a romper algo. Porque ese olor tiene el poder de traerte de vuelta su presencia, aunque sea por un segundo. Y en eso, a veces, supera el ver fotos o videos.

Pero también pasa lo contrario. Hay aromas que se vuelven imposibles de revisitar. Elegiste un perfume y ese día todo salió mal. Esos días tipo evento canónico. Y entonces queda ahí, cargado de algo que no quieres revivir.

Es que el cerebro no funciona desde la causalidad, sino desde la asociación. Y ese perfume queda, para siempre, unido a esa emoción. Manchado, para ti.

Créditos: Getty Images

Una amiga a elegir su perfume de matrimonio…

He pensado mucho en esto porque llevo semanas acompañando a una amiga a elegir su perfume de matrimonio. Sé que entre tantas decisiones, esta parece pequeña, pero no lo es. Porque ese aroma será su capa invisible.

Un elemento con el que podrá revivir ese día una y otra vez, sin depender de fotos, vestidos o escenarios. Que podrá usarlo en aniversarios, citas, otras ocasiones especiales y transportarse al día donde se unió a esa persona que ama.

No todas buscan lo mismo. Algunas quieren algo etéreo, otras algo más intenso. Tampoco sirve elegir algo demasiado parecido a lo que usas siempre, porque pierde ese elemento especial.

Créditos: Getty Images

Pero tampoco puede ser tan disruptivo, que tu te sientas “falsa” o tu pareja no pueda reconocerte en esa fragancia. Es un proceso más emocional de lo que parece. Porque, en el fondo, estás eligiendo cómo quieres recordar.

Y entremedio de todo esto, recordé que esto es algo que yo ya había vivido antes. Yo también elegí un perfume para mi matrimonio. Uno al que le tenía mucho cariño. Pero, como muchas historias, no terminó como esperaba. Me separé.

Y durante mucho tiempo no pude volver a usar ese perfume. No era solo el aroma, era todo lo que arrastraba: el recuerdo, la expectativa, de ese proyecto de vida que no siguió su curso.

Algo cambió

Pero con el tiempo, algo cambió. Hoy puedo usar ese perfume otra vez. No porque olvidé, sino porque resignifiqué lo que representa.

Entendí que los recuerdos no son estáticos. Que así como cambiamos nosotros, también puede cambiar la forma en que habitamos lo que vivimos. Y si bien habría sido totalmente válido dejar ese perfume atrás, como le tenía cariño de antes de la boda, pude volver a usarlo y vivirlo de otra forma.

Créditos: Getty Images

Porque al final, los aromas nos acompañan en nuestra historia. Desde ese chocolate caliente que hacía tu abuelita en los cumpleaños infantiles, hasta los perfumes que te acompañan en las decisiones más importantes de la vida adulta.

Son una forma silenciosa, pero poderosa, de registrar quiénes hemos sido y de pasear por nuestros recuerdos.

Por eso, te invito a conectar momentos importantes de tu vida con perfumes. Un viaje a un nuevo lugar, el fin de una etapa laboral, un logro, un comienzo. Es una forma simple —y profundamente emocional— de guardar recuerdos.


Porque al final, no es solo oler bien.

Es recordar quién fuiste… y quién elegiste volver a ser.




Moyra Chellew

Periodista, experta en marketing e influencer de belleza, moda y lifestyle. Hoy gran parte de su contenido en redes sociales se enfoca principalmente en perfumería.

Siguiente
Siguiente

Tallas grandes, invisibilidad enorme: la deuda de la moda