El mejor telonero de un concierto son los outfits

Si algo aprendí mirando gente en conciertos y festivales es que el mejor outfit siempre es el que realmente se siente como tú. Porque al final, en un lugar lleno de música, luces y miles de personas, nadie está pensando tanto en tu ropa como crees.

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Hoy termina Lollapalooza y solo puedo pensar en cómo ese festival me cambió la perspectiva de la ropa y el estilo. Siempre he amado el people watching.

De hecho, cuando estaba en la universidad, íbamos con mi amiga a la Assuan de Concepción, nos comprábamos unas papitas y nos sentábamos a mirar outfits. Horas y horas. Al final ya ni papas nos quedaban.

Es que siempre me ha gustado ver cómo se viste el resto; ser observadora es una de mis grandes cualidades. Fui a todos los primeros años de Lollapalooza en Chile. Se imaginarán lo que fue eso para alguien como yo, que ama la moda y la música.

Durante años no podía creer lo que estaban viendo mis ojos: brillos, tejidos, muchos Dr. Martens (que en ese entonces era mi sueño tener), maquillajes y pelos producidos y, sobre todo, mucho, mucho color.

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Creo que los primeros años fue un festival muy “indie”, por decirlo de alguna forma, y eso hizo que se juntaran personas a quienes quizás sí nos importaba un poco más el estilo y las tendencias.

Muchas de las bandas que venían llegaban arrastradas desde los soundtracks de series o desde la amada Radio Horizonte, que nos trajo un varieté de música que muchos ni siquiera tenían en el radar.

Y es que hasta ese entonces, cada vez que iba a un concierto de un solo artista, veía que los chilenos solíamos vestirnos muy de negro.

El primer concierto de Coldplay al que fui - de la gira A Head Full of Dreams - estaba lleno de personas vestidas de negro, y realmente no lo entendía. Coldplay siempre ha estado muy asociado al color.

Hace un par de años fui a ver a Daddy Yankee en cancha, en el Estadio Nacional - ubicación que pretendo no repetir nunca más en mi vida - y les juro que miraba la galería y era un mar de poleras negras. Me acuerdo que me impactó muchísimo verlo.

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En ese momento pensé: ¿Será que en Chile no nos importa cómo nos vestimos? ¿Será que genuinamente no tenemos estilo? ¿O simplemente nos vestimos sin pensar demasiado?

¿O será que la ropa negra —y todo lo que significa— se nos ha incrustado en el cerebro de generación tras generación?

Hace unas semanas fui al concierto de My Chemical Romance y recordé todo lo que pensé esa vez frente a ese mar de personas vestidas de negro. Genuinamente creo que solo yo y tres personas más, en todo el Estadio Bicentenario de La Florida, no estábamos vestidas de negro.

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Pero esta vez fue distinto. Era todo tan llamativo que me cansé de observar y analizar la creatividad que vi ese día. Fue algo así como ver el desfile de Mugler Fall/Winter 2023. La cantidad de texturas, transparencias, prendas únicas e intervenidas, calces fuera de lo común y accesorios por doquier.

Para alguien que le apasiona la moda, ver esos looks fue casi como ver al primer telonero de la noche. Ese día recuerdo haberme ido conversando con mi marido sobre lo lindo que fue estar en un espacio que se sintió tan seguro, tan lleno de una energía bonita. Y claro, la percepción que yo tuve ese día no se condice en nada con lo que pensé en conciertos anteriores.

Porque en realidad el problema nunca fue el color, sino lo que nos enseñaron de él. Es inevitable pensar en la infancia. Cuando miro los años 90, creo que nunca vi a nadie más que Merlina vestida de negro y por lo mismo, era un color que asociaba al terror.

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Es que en esa época ni siquiera existía la opción de comprar una polera negra en talla infantil. En todas las fotos que tengo con mis amigas o con mi hermana todo era color: chaquetas flúor, jeans bordados, estampados por doquier, shorts blancos, minifaldas. Tanta ropa linda.

Hasta que empiezo a ver las fotos de adolescencia. Ahí es donde entiendo y recuerdo todo. Polera negra para verse más pequeña. Ojalá todo en negro y bien ajustado al cuerpo. Y luego llega ese momento - tan silencioso como inevitable - en que ya no es la polera negra con jeans. Es la polera negra, el pantalón negro y la chaqueta negra. Ese mismo look que vi en el Estadio Nacional. Usado por tantas mujeres y, bueno, también por hombres.

“Rebelarme” en colores

Y ahí entendí que el tema nunca fue el color. Era lo que nos enseñaron de él. Siempre disminuirnos. Siempre vernos menos llamativas. Siempre vernos más pequeñas. Y, obvio, siempre vernos más flacas. Cuando toda tu vida has sido gorda, esto se vuelve aún más evidente.

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Y creo que en mí dejó ese pensamiento - o incluso ese pequeño “trauma” - de que vestirse de negro era equivalente a no tener estilo, a querer esconderse o pasar lo más desapercibida posible.

Ojalá hubiera sabido antes que eso no pasa. Que no te dejan de mirar. Que no te juzgan menos. Que en realidad es solo una “instrucción” social para tratar de encasillarnos en algo. Y lo peor es que esa cárcel, se construye en tu cabeza tan bien, que después es muy difícil derribarla.

De ahí nace un poco mi idea de “rebelarme” en colores. Aunque ese día, en el concierto de My Chemical Romance, confirmé una vez más algo que vengo pensando hace años: no hay colores prohibidos ni permitidos según tu cuerpo o tu estilo.

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Lo único importante es por qué los usas: porque te sientes cómoda, porque te gusta lo que ves, porque sientes que comunica quién eres. Y, sobre todo, porque te hace sentir lo suficientemente segura como para plantarte frente al día, ala ocasión o incluso, a el mundo.

Así que sí, ahora sí uso negro. Con texturas, con estampados, como es mi estilo. Pero lo uso porque me gusta, no por la sociedad, por el retail o porque Juanita inventó alguna regla estética hace 35 antes de Cristo.

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Y si algo aprendí mirando gente en conciertos y festivales es que el mejor outfit siempre es el que realmente se siente como tú. Porque al final, en un lugar lleno de música, luces y miles de personas, nadie está pensando tanto en tu ropa como crees.

Salvo yo, claro. Que probablemente voy a estar mirando tu outfit y aplaudiendo en mi cabeza.


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