Lo esencial no siempre está bajo la luz: lo que aprendí al entrevistar a Cata Devia sobre el arte de diseñar lo invisible
Cuando supe que me sentaría frente al computador a escribir esta columna, lo primero que se me vino a la mente fue El Principito y esa frase que todos hemos escuchado alguna vez: “Lo esencial es invisible a los ojos”.
Pero no pensé en el ojo que ve lo tangible. Pensé más bien en nuestros ojos, que muchas veces no alcanzan a ver todo el trabajo que existe detrás de una escena, de una imagen o de un momento determinado. No sé si se entiende, pero espero que sí.
Aquí intento decirlo con otras palabras. Hay trabajos que se reconocen de inmediato. Están en el escenario, en la pantalla, en la escena misma. Y hay otros que sostienen todo lo que vemos.
Para encontrarlos hay que mirar un poco más allá, hacerse preguntas, tener curiosidad. De ahí nació esta columna. Porque mi mente curiosa, y me imagino que la de ustedes también, quería saber más sobre el diseño escénico.
Pensaba en todo eso mientras esperaba a Catalina Devia en el Mercado Urbano Tobalaba. Había escuchado varias veces su nombre. El mundo, dicen, es chico como un pañuelo, y esa frase volvió a aparecer cuando una amiga me contó que la conocía. “La quiero entrevistar”, le dije casi sin pensarlo. Al día siguiente ya estábamos coordinando por WhatsApp.
La esperé en una mesa mirando el movimiento del lugar. Cuando apareció, fue fácil reconocerla: pantalón de buzo rojo increíble, blazer negro y una sonrisa amplia.
Catalina Devia es diseñadora escénica
Aunque su título oficial de la Universidad de Chile es Diseñadora Teatral, ella prefiere el primero. “Diseñadora escénica abarca mucho más que solo el teatro”, me explicó. Y tenía sentido.
Su trayectoria se mueve entre distintos espacios: hace veinte años forma parte de la compañía Teatro Niño Proletario, trabajó en danza varios años de su carrera, ha participado en cine como directora de arte y también es profesora universitaria. Y como si fuera poco, edita libros patrimoniales de diseño escénico.
Lo que más le gusta de su profesión, me contó, es que siempre la obliga a aprender. “Cada proyecto significa estudiar algo nuevo”. Nuevos contextos, nuevas referencias. Y pensé: qué importante es no repetirse nunca del todo. Y también puede ser un buen consejo para la vida misma ¿lo creen? Yo sí.
También habló de algo que mueve muchas de sus decisiones creativas: la consciencia textil. En varios proyectos prefería trabajar con ropa usada. “Tiene más vida”, explicó. Las telas traen historia, desgaste, colores que el tiempo ha transformado. Y también hay una decisión detrás, no generar una huella nueva cuando ya existen materiales disponibles. En ese momento la admiré todavía más.
El Tiny Desk de 31 Minutos
En algún momento de la conversación apareció inevitablemente un tema que había circulado por todas partes: el Tiny Desk de 31 Minutos. El trabajo de vestuario llamó especialmente la atención por ese efecto visual donde los músicos parecían mimetizarse con el fondo. Era imposible no preguntarlo.
Catalina me contó que todo ocurrió muy rápido. Tuvo aproximadamente un mes para desarrollar el trabajo. La dirección de 31 Minutos tenía clara la idea y su rol fue transformar esa imagen en algo real. Me gustó pensarlo así “alguien imagina algo y otra persona logra traerlo al mundo”.
Le propusieron la idea de camuflar a los músicos con el fondo del escenario y ella comenzó a pensar cómo hacerlo. La imaginé activando inmediatamente esa mente creativa que debe estar acostumbrada a resolver lo aparentemente imposible.
El desafío no era menor. Para que el efecto funcionara, la imagen del vestuario debía coincidir perfectamente con la escala del fondo. Pero Catalina no tenía las medidas reales del espacio, solo fotografías y referencias visuales. Era, en cierto sentido, una apuesta.
Creo que la intuición también es una herramienta de trabajo. Catalina decidió confiar en la suya. Parte del proceso incluyó trabajar con estampa textil para lograr la impresión precisa de las imágenes, pero el mayor desafío estaba en imaginar cómo esa imagen plana se transformaría en cuerpo, movimiento y escena.
El resultado lo vimos todos después. El video se viralizó y el efecto visual sorprendió a miles de personas, me incluyo. Para Catalina fue un momento “súper grato”. Pero lo que más le interesó fue que el público comenzara a preguntarse cómo se había hecho.
Claramente el diseño escénico no es solamente estética; también es narración
Cuando le pregunté si el vestuario contaba historias, no lo dudó: “Sí, totalmente. Lo vivo en todos mis procesos: en el teatro, en la danza, en el cine”. La ropa no solo viste personajes. Los construye.
Antes de terminar la entrevista le pregunté por su personaje favorito de 31 Minutos. Guaripolo, respondió sin pensarlo mucho. También me contó un detalle que nadie vio: estaba mal cortada la camisa del pianista y tuvieron que rehacerla. Me gustan esas historias y pienso que incluso en los proyectos más grandes, siempre está presente el ensayo, error y corrección.
Antes de irnos le pedí un consejo para quienes sueñan trabajar en diseño escénico. “Trabajen mucho”, dijo. Y agregó: “Perméense. Caminen por la calle. Disfruten la ciudad”.
Después de la entrevista seguimos conversando. Bajamos al nivel -3 del MUT y fuimos a almorzar a un lugar vegano que, de paso, recomiendo: Almafood. Entre platos coloridos, la conversación continuó sin celular grabando ni mi libreta que llevo siempre en el bolso para anotar pautas de entrevistas.
Qué lindo pensé lo que hace el diseño escénico: observar el mundo, absorberlo todo y devolverlo transformado en algo que sostiene una escena. Y sí, inevitablemente volví a pensar en El Principito. Porque a veces lo esencial, como el trabajo de quienes construyen estas escenas, no siempre está bajo la luz.