Hacer las paces con el traje de baño
La verdad es que no recuerdo bien cuándo fue que comencé a sentir que el traje de baño era algo que me ponía nerviosa.
A pesar de que no soy veranista, me crie en Santa Bárbara y Los Ángeles, por lo que el contexto acuático siempre estuvo muy presente en mi vida. A mi hermana y a mí nos enseñaron a nadar desde muy chicas, en unos ríos cristalinos que, les juro, parecían sacados de una película.
Desde pequeña tengo fotos en traje de baño. Como crecimos en uno de los lugares más calurosos y secos de Chile, el manguerearse era un panorama real cuando no tenías una piscina o un río cerca.
La verdad es que no recuerdo bien cuándo fue que comencé a sentir que el traje de baño era algo que me ponía nerviosa. Creo que fue en los primeros campings con amigos o, definitivamente, en los paseos de curso, ya un poco más adolescente. Era una ansiedad bien particular: me sentía muy nerviosa los días previos o apenas llegábamos al lugar.
Bañarme con polera
Con mi familia siempre hemos sido muy buenos para el agua, así que creo que muy pocas veces en la vida —contadas con una mano— dejé que ese miedo a que me miraran me impidiera disfrutar una de las cosas que más amo: bañarme.
Eso no quiere decir que no tenga recuerdos agridulces al respecto. Bañarme con polera, estar pendiente de que nadie mirara, meterme rápido sin disfrutar el momento, quedarme sentada mucho rato mojando solo las patitas… y tantas situaciones más.
Y ojo, que aunque sé que habito un cuerpo gordo, tengo claro que estas experiencias no las viven solo los cuerpos gordos. Esto también atormenta a personas adultas, con hijos, sin ellos, e incluso a hombres.
Hubo muchos veranos en los que me mentalizaba tanto con que “este iba a ser el verano en que no me bañaría”, que ni siquiera me compraba traje de baño. Y les juro que terminaba bañándome con uno que ya estaba casi transparente. O sea, yo misma me ponía en una situación que me daba aún más ansiedad: que se me rompiera el traje de baño.
Y es que en mi caso, no sé si por mi familia, mi crianza o por algún milagro, nunca me permitieron que mi cuerpo o mi vergüenza me paralizaran al punto de dejar de hacer lo que me gusta. Todo lo contrario: siempre me impulsaron a hacerlo todo.
Y me encantaría que así fuera para todos. Yo ya llevo muchísimos años mega reconciliada con la idea de ni siquiera pensar en no tirarme un chapuzón, sin importar que al frente mío esté el mismísimo Robert Pattinson, mi amor adolescente.
Y no lo hago solo por el calor: lo hago porque es una de las actividades que más amo y disfruto, y no hay sociedad ni personas que merezcan que dejemos de hacer las cosas que nos gustan.
Mis tips para ojalá superar esas inseguridades
Así que, como espero que ustedes también puedan sentirse así de libres —o que al menos esos pensamientos vayan abandonando de a poco sus cabezas— y puedan disfrutar a concho el agüita, les traigo mis tips para ojalá superar esas inseguridades, idealmente para siempre:
1. Puede parecer muy loco, pero genuinamente no nos miran tanto como pensamos. Las RRSS son muy tóxicas para algunas cosas, y hay tanta opinión sobre los cuerpos dando vuelta que una cree que todo va dirigido a nosotros. Y la verdad es que no.
En general, las personas están mucho más preocupadas de cómo se ven ellas mismas. Si les molestan los brazos o las piernas, son los de ellos y exteriorizan esos pensamientos, muchas veces, usando a otros.
Y mira, si les llega a sorprender mi cuerpo, ¿qué tanto? Me van a ver, van a comentar algo entre ellos, se van para su casa y probablemente van a olvidar que incluso existo.
¿Sabes lo que no se olvida? El recuerdo de haber disfrutado la playa con tu familia. No saber si el agua estaba helada o tibiecita. Esa insolación que te dio solo porque lo pasaste tan bien que estuviste todo el día en el agua sin darte cuenta.
2. No es necesario tener fotos de todo si no nos sentimos seguras de cómo nos vemos. Ya sé, vivimos en un mundo donde si no sacaste foto, no pasó. Pero hay muchísimos recuerdos lindos de los que no tenemos registro, y no por eso valen menos.
Si te sientes muy vulnerable con una foto tuya en traje de baño, no la tomes, o tómala y no la subas. No todo tiene que ser público; hay momentos que se disfrutan mejor en privado.
En este mismo punto, recomiendo que si te cuesta la situación de usar traje de baño, es ideal que las primeras veces sean en confianza, con personas que no hagan comentarios fuera de lugar. A veces incluso puede ser sola, porque muchas veces —aunque duela— los familiares pueden ser quienes más traumas nos generaron.
3. Muy importante: usar un traje de baño cómodo y que se ajuste a tu estilo. Y esto no va asociado a un tipo de cuerpo. Si te gustan los bikinis, úsalos sin importar tu talla.
Si tienes un cuerpo más pequeño pero te sientes más cómoda con un traje de baño entero, un tankini o uno con manguitas, hazlo. Como con la ropa, gran parte de la seguridad viene de sentirnos cómodas con lo que usamos.
Por suerte, hoy hay muchas más opciones en Chile: marcas que fabrican a medida, marcas de afuera que llegan hasta la 8XL y que el pedido llega en pocos días al país y marcas del retail tradicional que han ampliado su tallaje, ofreciendo más diseños y colores para elegir.
4. Si la depilación —o dejarte tus pelos— te libera, úsalo como un punto a tu favor. Cuando empezó mi adolescencia, me preocupaba el tema de los pelos. Es que yo soy de otra época, mis chicas. Y aunque hace poco me depilé con láser, les juro que fue clave para disfrutar aún más la piscina y la playa. Casi no preocuparme por las axilas o el rebaje ha sido lo máximo.
Y como decía en el punto uno, esto no tiene que ver con que te miren y vean un pelo. A mí jamás me ha importado si alguien está peluda al lado mío, ni he recordado a una persona por los pelos en las axilas. Es algo en lo que una se fija en sí misma, no en el resto.
La verdad es que podría seguir enumerando ideas para salir de pensamientos o situaciones difíciles, pero de corazón espero que estos tips, aunque sean generales, les ayuden al menos a darse una bañadita este verano. Porque no por nada el dicho “hay que tirarse a la piscina nomás” es tan popular: cuando te tiras, no hay vuelta atrás.
El ruido mental se apaga y aunque sea por un rato, solo importa eso tan simple y tan profundo: estar ahí, haciéndolo por ti y por tu felicidad.