Una mezcolanza textil para contar un viaje
Esta vez el viaje venía cargado de sentido. Mundo textil, reencuentros, conversaciones y ese chumbeque de Iquique que compro convencida de que lo voy a compartir y que, inevitablemente, termino guardando solo para mí.
Siempre que se viene un viaje mis gatos andan distintos. Están más atentos, más curiosos, como si percibieran antes que yo que algo está por moverse, por dentro y por fuera. Lo anoté antes de salir, porque me llamó la atención ese silencio concentrado con el que observaban todo, más intenso de lo habitual.
Por supuesto, si hay destino de por medio ellos siguen siendo reyes, puro amor, y quedan al mejor cuidado. Tal vez es mi alma inquieta la que se adelanta, la que no sabe quedarse quieta mucho tiempo y les avisa. Y cuando el viaje es cerca del mar, esa sensación se vuelve todavía más evidente.
Esta vez el viaje venía cargado de sentido. Mundo textil, reencuentros, conversaciones y ese chumbeque de Iquique que compro convencida de que lo voy a compartir y que, inevitablemente, termino guardando solo para mí.
Todo empezó en la madrugada del jueves 21 de enero. Vuelo temprano, insomnio asegurado. Nunca duermo antes de viajar porque creo que así dormiré mejor en el avión. Nunca pasa. Me quedo mirando las nubes como si ahí, suspendida, ya comenzara el viaje. Y quizás sí.
Pensé que esta columna se iba a ordenar en torno a una experiencia puntual, pero Iquique no quiso. Entre desierto, brisa y recorridos, sintetizar se volvió imposible. Y también innecesario. Este viaje pedía ser contado como una mezcla, como una mezcolanza, donde las piezas se encuentran porque quieren. Preferí no forzar un orden. Preferí sentir y desde ahí escribir.
El vestuario es mucho más que tela
En la maleta viajaron una gorra y un crop top de @margo_origenes. No fue una elección casual. Cuando conocí a Margo, lo primero que le dije fue que sentía que teníamos la misma vibra. Tal vez por el amor compartido por los colores, por esas ganas evidentes de comerse el mundo o por la resiliencia que apareció en la conversación cuando visité su taller.
O tal vez por todo eso junto. Su trabajo con prendas reutilizadas, hechas a mano, acompañado por un logo de caracolas que para ella simbolizan la vida, es de esos proyectos con alma indiscutible. Elegí esas piezas casi sin pensarlo y ya en el norte confirmé la intuición. Dialogaban con el paisaje y también con mi propio clóset. Siempre lo digo y lo sostengo, el vestuario es mucho más que tela.
El jueves 22 de enero, aunque no había dormido nada, la energía estaba intacta. Iquique ya se hacía sentir en el cuerpo. En una plaza de Alto Hospicio se desarrollaba Materia Prima, un encuentro de educación y difusión sobre el impacto ambiental del textil.
Un espacio para activar conversaciones necesarias sobre consumo, descarte y cuidado ambiental. Ahí se reunían proyectos fundamentales y profundamente inspiradores como @y.a.n.g._, @12narecicla y @desiertovestido_tarapaca
Estar ahí, escuchando, me cambió el ritmo. Acompañaba con el mate, lento. Y entre lo lento del mate me pregunté ¿Cuándo fue la última vez que escuché así, sin apuro? No intenté responderla. Seguí ahí, hasta que el mate quedó lavado. Las charlas increíbles terminaron, pero la pregunta no. Se vino conmigo.
Al día siguiente el desierto volvió a llamar. Fuimos rumbo al Gigante Vestido. El calor se sentía en la piel, por primera vez manejé en el desierto, lento pero llegamos y la gente, al igual que nosotros, comenzaba también a llegar.
En mi cabeza ese lugar siempre había estado reservado para registrar el trabajo de Margo. ¿Les pasa que al ver una prenda la imaginan inmediatamente en un lugar específico, como si ya tuviera un destino? Este era ese lugar.
Gigante Vestido
Conversé con Andrés Echeverría, uno de los creadores del proyecto. El Gigante Vestido recrea al Gigante de Tarapacá, el petroglifo antropomórfico más grande del mundo, transformado en una escultura monumental confeccionada con prendas extraídas del vertedero de Alto Hospicio y otros lugares del norte. Me contó que la idea nació desde un sueño.
Frente a esa figura inmensa, hecha de ropa que alguna vez vistió cuerpos reales, comenzaron a aparecer preguntas. ¿Quién habrá usado estas prendas? ¿Dónde estuvieron? ¿Por qué fueron descartadas? No tengo respuestas. Solo la certeza de que ahora estaban ahí, contando otra historia.
Uno de los momentos más hermosos fue la intervención de la diseñadora @fabiola.aillon. Con las mismas prendas del gigante creó un vestido cargado de movimiento y simbolismo.
Me contó que trabajó hasta la madrugada afinando detalles y que al día siguiente, muy temprano, pintó a la modelo @jocelynpeirano de un amarillo solar.
Ella encarnaba la unión entre el gigante y el ser humano, la consciencia y diálogo que debería existir. Caminaba con determinación, envuelta en tiras textiles que se movían con el viento. Verla descender del gigante fue hermoso.
Por la tarde el viaje volvió a transformarse. Del textil pasamos al metal y al hacer con las manos. Aprender a crear mi propio anillo junto a @yasna.espinoza.orfebreria. Entre sopletes, delantales y concentración.
Conversando con Yasna entendí que la plata se parece mucho a la vida misma. Pasa por el fuego, se limpia, se enfría, se transforma. Nada es inmediato. Nada se pierde, así como la canción de Jorge Drexler. Incluso cuando hay errores, siempre se puede volver a fundir y comenzar de nuevo.
Y como si el viaje quisiera insistir en esa idea, al día siguiente fuimos a un taller de @12narecicla. Hicimos máscaras, un bolso a partir de una polera y dos corbatas que hoy sigo usando. Crear desde lo que ya existe, aprender en colectivo, resignificar. Ahí algo se ordenó. El textil, como el metal, como el arte en todas sus formas nos transmiten eso y es vital.
Volví de Iquique a Santiago con mis zapatos preferidos, esos transparentes, todavía con algo de arena que no quise quitar. A veces eso es lo que una se trae de los viajes, pequeños recuerdos espontáneos. Esta vez, además, volví con este texto como señal de que algo se movió por dentro.