Estar “sin enfermedad” no siempre significa tener salud: las señales del cuerpo que no deberíamos normalizar
Dormir mal, sentir fatiga constante o tener molestias digestivas recurrentes son algunas de las señales que muchas personas atribuyen al estrés o a la rutina. Sin embargo, prestar atención a estos síntomas y consultar cuando afectan la calidad de vida también forma parte del cuidado de la salud.
Sentirse cansada todo el tiempo, dormir mal o convivir con molestias digestivas puede volverse parte de la rutina. A veces, estos síntomas se atribuyen al estrés, la edad o las exigencias del día a día. Pero ¿qué pasa cuando dejamos de cuestionarlos y simplemente aprendemos a vivir con ellos?
Tener exámenes médicos dentro de los rangos de referencia o no contar con una enfermedad diagnosticada puede dar tranquilidad, aunque eso no necesariamente significa que una persona se sienta bien o tenga una buena calidad de vida.
La fatiga persistente, los trastornos del sueño, el estreñimiento, el dolor crónico y la pérdida de fuerza o masa muscular son algunas de las señales que conviene observar, especialmente cuando se mantienen en el tiempo. La clave no está en alarmarse frente a cada molestia, sino en prestar atención a los cambios y buscar orientación cuando sea necesario.
¿Por qué no deberíamos normalizar el malestar constante?
La Dra. Marion Grinstein, médica con enfoque en medicina funcional, integrativa y sistema nervioso autónomo (SNA), advierte sobre la costumbre de restarle importancia a ciertos síntomas.
“Muchas personas se acostumbran a vivir cansadas, a dormir mal, a tener molestias digestivas o algún tipo de dolor constante porque sienten que forma parte de la edad, del estrés o de la rutina. Pero los síntomas entregan muchísima información. No significa necesariamente que exista una enfermedad, pero sí que hay algo que merece ser observado, contextualizado e idealmente evaluado”, explica.
Desde una mirada integrativa, el bienestar involucra distintos aspectos de la vida cotidiana, entre ellos la calidad del sueño, la regulación del estrés, la alimentación, el movimiento y las relaciones sociales. También considera el contacto con la naturaleza y su relación con la forma en que nos sentimos y nos desenvolvemos cada día.
El movimiento también importa
La actividad física es otro de los aspectos mencionados en el comunicado. Más allá del peso corporal, mantener la fuerza y la masa muscular contribuye a preservar la funcionalidad, la movilidad y la autonomía, especialmente a medida que avanzan los años. Además, el ejercicio tiene beneficios para el estado de ánimo y la salud mental.
En ese sentido, observar la salud desde una perspectiva integral permite considerar cómo distintos factores se relacionan entre sí. Como señala Grinstein:
“Mirar a la persona de manera integral permite entender que el cuerpo funciona como una red de sistemas interconectados. El sueño influye en el metabolismo, el estrés repercute en la digestión y el sistema nervioso, y la falta de movimiento también tiene consecuencias a nivel físico y mental. La invitación no es a obsesionarse con cada síntoma, sino a dejar de normalizar un malestar sostenido y consultar cuando algo cambia o interfiere con nuestra calidad de vida”, agrega Grinstein.
Escuchar al cuerpo también es prevención
Prestar atención a los síntomas no significa preocuparse constantemente por cada cambio físico, sino reconocer cuándo una molestia deja de ser puntual y comienza a afectar la vida cotidiana.
Mantener controles de salud de acuerdo con el historial médico, tanto preventivos como terapéuticos, y adoptar hábitos sostenibles en el tiempo son parte de las recomendaciones del comunicado para detectar oportunamente posibles desequilibrios y favorecer una mejor calidad de vida a largo plazo.
Estar sin un diagnóstico no significa que debamos acostumbrarnos a sentirnos mal. Si un síntoma persiste, cambia o interfiere con las actividades cotidianas, consultar con un profesional de la salud permite evaluar qué está ocurriendo y determinar los pasos a seguir.