Las historias que guardan los tacos

Creo que, para mí, los tacos son como ese ex que no fue tóxico: lo recuerdas con cariño, porque sin duda te hizo reír y aprender una o dos cosas en el camino.

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Pocas historias buenas he tenido en base a mis zapatos bajos.

El otro día, cuando fuimos al primer concierto de Bad Bunny en Chile (ya sé que estoy un poco monotemática con el tema), conocí a una amiga de mi hermana que andaba con un outfit hermoso.

La cosa es que, en mi primera impresión, de una le dije: “pero chica, ¿cómo vienes a un concierto con tacos?”. Es una duda genuina que siempre tengo, aunque debo reconocer que eran esas típicas sandalias con plataforma que no se veían tan incómodas.

Los tacos siempre te hacen salir preparada: con parche curita, plantilla o anestesia local si es necesario. Ella, por supuesto, lo estaba.

Bailamos de lo lindo en cancha, le vimos la sonrisa brillante a Benito y lo pasamos increíble. Al final, no pude evitar pensar: “si yo ya estoy sufriendo con mis zapatillas, ¿cómo estarán las chicas que vienen con tacos?”. Tú sabes, esa empatía que nos viene incorporada a las mujeres, casi por defecto.

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Terminó el concierto y me di cuenta de que la amiga de mi hermana ya se puesto unos regios calcetines que trajo. Caminamos varias cuadras hasta mi auto y ella iba por las calles de Ñuñoa, en calcetines, feliz y muerta de la risa.

Les juro que me reí tanto. Porque si una no se ríe de su desgracia, no es una buena historia para el futuro. Esa imagen, ella caminando tranquilamente en calcetines por la calle, me hizo recordar la cantidad de historias que los zapatos con tacos han dejado. Tantas que he visto en fiestas, discos o incluso matrimonios.

La primera que recuerdo es cuando se casó mi primo. Fue el primer matrimonio al que fui estando ya en la universidad, cuando recién estaba encaminando la búsqueda de mi estilo. En esa época estaba obsesionada con The Hills, un reality de MTV, y por supuesto con su protagonista, Lauren Conrad.

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Ella era todo lo que yo quería ser: trabajaba en moda y se vestía increíble. Todo lo que veía en sus looks, lo buscaba en tiendas de ropa usada hasta encontrar algo parecido.

Para el matrimonio, con mi mamá le pedimos a nuestra modista favorita de Los Ángeles que me hiciera un vestido diseñado por mí. Obviamente lo logró, porque era seca.

El problema eran los zapatos: tenían que ser de mi estilo y, por supuesto, con tacos. Busqué en una tienda de Conce y ahí estaban: una imitación perfecta de los zapatos de Lauren Conrad. Imitación de Christian Louboutin (que en ese entonces ni sabía quién era), suela roja, charol negro, peep toe y, por si fuera poco, bisutería negra en la punta.

Ni en mis sueños imaginé unos tacos más perfectos. Y claro, tenían plataforma y taco aguja, algo que yo pensé que era absolutamente cómodo. En tus sueños, chica.

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Esos zapatos hermosos fueron lo peor que me pudo pasar. Mi prima, de edad similar, encontró otros igual de lindos, con un taco absolutamente satánico, de madera. Nos pusimos a “practicar” todos los días con esos tacos salidos del inframundo.

Una cree que algún día los va a ablandar y amoldar, pero eso es mentira. Eso jamás pasa.

Llegó el día del matrimonio y no les miento: solo con la bajada del auto a la iglesia ya sentía que estaba cojeando. Cojeando, pero regia, en todo caso.

Si alguna vez has ido a una iglesia católica, sabes que hay muchas partes en las que hay que pararse. Hubo un momento en que ya no podía más. Sentía las miradas alrededor, como diciendo “oye, toca pararse, ¿qué haces sentada?”.

Terminó la ceremonia y venía la fiesta. Por supuesto que jamás estuve en esa fiesta con esos zapatos soñados. Había llevado unas ballerinas y esos pasaron a ser los oficiales, porque bailamos toda la noche y con los tacones del propio castillo de Nosferatu, eso no iba a ocurrir.

Como en todo matrimonio, un 90% de las mujeres terminó bailando a patita pelada, así que yo me sentía una reina por haber llevado mis estupendos zapatitos bajos.

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Pero esta historia no existiría si esos otros zapatos no hubieran estado en mi vida. Aunque jamás los volví a usar, tampoco fui capaz de venderlos o dejarlos ir. Y así, creo que cada vez que tuve alguna salida con tacos o plataformas, tuve al menos una historia que contar.

Cuando estuvieron de moda esas plataformas gigantes, por ahí por el 2013, en la época de las icónicas Litas de Jeffrey Campbell, por supuesto que tuve mi versión. Unas azules, que incluso usaba para ir a trabajar, usando transporte público y caminando por las calles de Santiago.

Un día, de la nada, casi como si hubiera sido el plan de Dios, estando parada, absolutamente quieta, me doblé el pie. Fue tan fuerte que tuve que arrastrarme por el piso para poder tomar un taxi que me llevara a la clínica. Resultó ser un esguince, vino una bota, una licencia de dos meses, reposo absoluto y, de pasada, el despido de mi pega.

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No se asusten: no fue terrible. Sin saberlo, me vino como anillo al dedo, porque ya tenía otro lugar para cambiarme de trabajo, que es donde sigo hasta el día de hoy.

Yo soy absolutamente reacia al uso de tacos, sobre todo ahora que hay tanto zapato hermoso y cómodo. Los encuentro muy innecesarios, aunque sean de los zapatos más lindos que existen.

Pero hasta el día en que vi a la amiga de mi hermana caminando en calcetines por cuadras y cuadras, nunca había pensado realmente en las historias que dejan. Historias que, en mi caso, incluso terminaron influyendo en mi futuro profesional.


Creo que, para mí, los tacos son como ese ex que no fue tóxico: lo recuerdas con cariño, porque sin duda te hizo reír y aprender una o dos cosas en el camino.


Ale Dames

Diseñadora Gráfica e influencer

https://www.instagram.com/aledames/?hl=es
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