¿Por qué cada vez nos cuesta más invitar gente a la casa?

Recibir amigas antes podía significar simplemente poner agua para el té y sentarse a conversar. Hoy, entre agendas llenas, cansancio, casas que sentimos que deberían estar impecables y rutinas personales que también toman tiempo, abrir la puerta puede sentirse como organizar un panorama completo.

Créditos: Getty Images

Invitar a alguien a la casa parece sencillo hasta que empezamos a enumerar todo lo que sentimos que deberíamos hacer antes: ordenar el living, limpiar el baño, pensar qué ofrecer, comprar algo para comer, arreglarnos y asegurarnos de que el espacio se vea acogedor.

Para muchas mujeres, además, la casa es justamente el lugar al que volvemos para dejar de estar disponibles para los demás. Es donde nos sacamos los zapatos, nos quitamos el maquillaje, dejamos el teléfono a un lado y finalmente podemos bajar el ritmo.

Cuando recibir se convierte en otra tarea

El problema aparece cuando un encuentro que debería ser agradable empieza varias horas antes de que llegue la primera persona.

Ordenar, cocinar y preparar todo puede hacer que la invitación se sienta más como una obligación que como una instancia para compartir. Y cuando termina, todavía queda guardar, lavar y volver a dejar todo en su lugar.

Créditos: Getty Images

Quizás por eso cada vez resulta más tentador encontrarnos en un café o restaurante: llegamos, conversamos y después cada una vuelve a su casa.

Arreglarnos también ocupa tiempo

A eso se suma algo bastante cotidiano: prepararnos para recibir también puede convertirse en parte de la producción.

Darse una ducha larga, arreglarse el pelo, elegir qué ponerse, maquillarse o simplemente querer sentirse bonita antes de que lleguen otras personas puede sumar fácilmente otra hora a una jornada que ya venía llena.

Créditos: Getty Images

Y aunque nadie nos esté exigiendo hacerlo, muchas veces sentimos que debemos vernos tan “presentables” como la casa.

¿Y si volvemos a invitar sin producir tanto?

Quizás el problema no sea recibir gente, sino todo lo que pensamos que tiene que ocurrir alrededor.

Créditos: Getty Images

Una amiga probablemente no recuerde si había platos secándose en la cocina, pero sí una conversación de tres horas en el sillón.

Podemos pedir comida en vez de cocinar, dejar la casa como está y recibir en pijama si hay confianza suficiente.

Porque quizás volver a invitar gente a casa también implica recuperar algo que hemos perdido: la posibilidad de compartir sin convertir cada encuentro en una producción.

Siguiente
Siguiente

Después de la lluvia: cómo ayudar a los perros y gatos que están en la calle