¿Por qué siempre terminamos en el mismo tipo de relación? Esto dice la psicología

Cambian los nombres, las historias y hasta las circunstancias, pero a veces hay algo que se mantiene: el tipo de vínculo que construimos. ¿Por qué parece que algunas personas terminan una y otra vez en relaciones que se sienten demasiado parecidas?

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“Esta vez será diferente”. Es una frase que probablemente muchas hemos pensado después de terminar una relación que no funcionó. Conocemos a alguien nuevo, la historia comienza de cero y, por un momento, todo parece distinto.

Hasta que, meses después, aparece esa sensación incómoda de familiaridad: las mismas discusiones, la misma dificultad para comunicarse o esa misma sensación de estar intentando conseguir de alguien algo que nunca termina de llegar.

No necesariamente significa que tengamos un “tipo” de persona definido. Desde la psicología, una de las formas de entenderlo es a través de los patrones de apego y de relación que vamos construyendo a lo largo de nuestra vida.

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Lo familiar puede sentirse más cómodo de lo que pensamos

La teoría del apego plantea que nuestras primeras relaciones con quienes estuvieron a cargo de nuestro cuidado pueden influir en la manera en que, más adelante, nos relacionamos con otras personas. Esas experiencias ayudan a formar expectativas sobre el afecto, la confianza, la cercanía y la disponibilidad emocional.

Eso no quiere decir que una persona esté condenada a repetir la historia de su infancia. De hecho, los especialistas advierten que el apego no es una etiqueta inamovible: las experiencias posteriores, las relaciones saludables y la terapia también pueden modificar la manera en que nos vinculamos.

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Pero sí puede ocurrir que ciertas dinámicas nos resulten especialmente conocidas. Y lo conocido no siempre es lo mismo que lo saludable.

Cuando una relación nueva se parece demasiado a la anterior

Existe además un concepto utilizado en psicoterapia llamado “compulsión a la repetición”, que describe la tendencia a recrear determinados patrones dolorosos o conflictivos. Desde distintas corrientes psicológicas se han propuesto explicaciones diferentes para este fenómeno, pero una de ellas plantea que algunas personas pueden repetir dinámicas conocidas con la expectativa inconsciente de conseguir, esta vez, un resultado diferente.

Por eso, quizás el patrón no está solamente en “elegir siempre al mismo tipo de persona”. También puede estar en cómo reaccionamos frente a determinados comportamientos, qué toleramos, qué esperamos del otro o qué entendemos por una relación normal.

Una persona que aprendió a asociar el cariño con tener que esforzarse constantemente por recibir atención, por ejemplo, podría interpretar una dinámica de incertidumbre como algo conocido. Eso no significa que la busque conscientemente ni que todas las personas con una determinada experiencia de infancia reaccionen de la misma manera.

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Y aquí aparece una diferencia importante

Repetir un patrón no significa necesariamente repetir exactamente la misma historia.

Puede cambiar la personalidad de la pareja, el contexto o incluso la forma en que comienza la relación, pero mantenerse una dinámica parecida: miedo al abandono, dificultad para confiar, necesidad constante de validación, distancia emocional o problemas para establecer límites.

Los estilos de apego inseguros, por ejemplo, pueden expresarse de distintas maneras. Una persona con tendencias ansiosas puede experimentar un fuerte temor al rechazo o al abandono, mientras que alguien con tendencias evitativas puede sentirse incómodo frente a la intimidad o necesitar mantener una mayor distancia emocional.

Y cuando dos formas diferentes de relacionarse se encuentran, pueden terminar reforzándose mutuamente: una persona busca más cercanía mientras la otra se distancia, generando un ciclo difícil de romper.

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Entonces, ¿cómo se sale del patrón?

El primer paso no necesariamente es preguntarse “¿por qué siempre elijo mal?”, sino algo bastante más interesante: “¿qué estoy repitiendo yo dentro de mis relaciones?”

Observar las relaciones anteriores puede ayudar a encontrar puntos en común: ¿qué situaciones se repiten?, ¿qué cosas solemos tolerar?, ¿qué nos cuesta pedir?, ¿cómo reaccionamos cuando sentimos que la otra persona se aleja?, ¿qué señales ignoramos al comienzo?

La idea no es convertir cada relación pasada en una investigación sobre la infancia ni encontrar un culpable. Tampoco asumir que todo lo que salió mal tiene una explicación psicológica profunda.

Se trata, más bien, de reconocer que nuestro pasado puede influir en la manera en que nos vinculamos, pero no tiene por qué escribir el guion completo de nuestras relaciones futuras.

La investigación sobre apego también apunta en esa dirección: los patrones pueden cambiar con nuevas experiencias, relaciones saludables y procesos terapéuticos.


Porque quizás la señal de que algo está cambiando no es encontrar a alguien completamente distinto, sino empezar a relacionarnos de una manera diferente con lo que antes nos resultaba familiar.


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